lunes, abril 03, 2006

Su hoy era pena

Estaba despedazado sobre una silla, babeando palabras de escasa inteligencia. A su alrededor quedaban pocas personas que acostumbradas a su presencia ni siquiera lo observaban. En algún punto lo entendían, el futuro arrastraba un tinte oscuro, pero por dentro estaban seguros de que no era tampoco cuestión de partirse el cráneo con el primer barco que se divisaba desde tierra. Principalmente cuando las manos aún no han formado callos y las uñas están rotas simplemente por la proyección de la ansiedad. Sus pies estaban atascados en una roca de vidrio. Sólo podía blasfemar y creer que su vanguardia era de envidiar.

Así se acercaba a todos, así se proyectaba el resto.

lunes, marzo 27, 2006

Textos que oscuros

Me encuentro solo y pienso. Me paso los días pensando, navegando por mares indómitos en los que sólo encuentro interrogantes. En uno de mis periplos, casi sin querer, percibí frío y una risa sardónica que provenía de mí mismo. Era mi propia risa, burlándose de mí. Exageradamente. Pronto comprendí a que se debía aquel cuadro. Había encontrado una respuesta. No era una novedad, era la única solución posible, la única pieza que encajaba en el polvoriento rompecabezas de mi vida. La respuesta me miraba, con sus ojos transmitía mensajes. Comprendí el porqué de tantos años perdidos entre los laberintos más indulgentes y fieles. Tantos años desfigurándome entre letras, palabras y textos intrincados; extraviado entre pentagramas y colores y líneas e imágenes. Aquel era el rostro de mi amor, nítido, perfecto. Estaba ahí, indiferente. No puedo asegurar si era verdadero o ficticio, sólo estoy seguro que era ella. Sus ojos me sorprendían, esa mirada tenía una profundidad desconocida, me traspasaba.. Entonces pude entender, vislumbré nuevas formas y me ubiqué en un extremo distinto al de siempre, porque la verdad se me presentaba diáfana ante mi alma y mi corazón. Era el momento de la admisión. Ella no me quiere.

martes, marzo 21, 2006

La intrascendencia II

En cada retazo de mundo hay destellos suburbanos que intentan realzar la subjetividad. Papeles mal impresos que quedan atascados en las alcantarillas; semáforos desdibujados por bolígrafos de ocasión; ladrillos cincelados con las uñas y baldosas marcadas con esmalte barato. También hay mugre y computadoras recalentadas. Obviamente los mutantes siempre son mayoría y las pequeñas contraseñas ocultas se convierten en pasadizos encriptados. Aunque todo lleva una señal. Desde el cuerpo hasta la costura de un bolsillo invisible, alguien se atribuye alguna creación, lanza su cabellera al viento y eleva sus dedos hacia una fama autogestionada desde un podio inexistente. Son todos. Inutilizan sus pupilas y cierran su corazón al suburbio. Pierden la capacidad de sentir, se refugian en la ficción del movimiento y las luminarias. Que nadie les diga nada, que no pierda el tiempo, que no se acerque a la imagen de una ciudad desteñida y peligrosa. Aquello que se detiene es preferible que naufrague en un pocillo de café.