miércoles, marzo 08, 2006

Hombre de invierno


El desierto, su inmensidad. Montañas planas de arena se unen con el horizonte, indivisibles. El cielo es blanco, encandila, la temperatura forma sedimentos imposibles en el aire. En algún lugar inexacto está el hombre y una planta. En sus manos pende un frasco de cristal azul, completo de agua. Ambos seres se desdibujan en el calor de la arena. No hay destino, la extensión es laberíntica. Las hojas del vegetal se tuercen ante la sucesión de soles furiosos y frías noche universales. El hombre tiembla frente a sus delirios, aunque sabe que no está solo, la pequeña planta lo acompaña. Una gota de agua para cada uno, todos los días una gota, insuficiente cantidad para alcanzar vitalidad, pero al menos la muerte se mantiene distante, distante sí, también amenazante. Una gota, exigua, tibia y transparente. Sólo una gota para aquietar la aridez que avanza entre párpados invisibles. La percepción de lo interior y lo exterior es idéntica, monotonía y sacrificio en un espacio sin dioses que consuelen la congruencia. La planta, que nunca había proyectado sombra alguna, pierde el control y se entrega silenciosa a las llamas del desierto. El hombre se convierte en ceniza inmediatamente detrás. Sobre la arena sólo quedó el frasco azul, completo de agua.

lunes, febrero 27, 2006

La intrascendencia

Una pequeña línea y una luz, sobre la mesa de una habitación fría, opaca, perdidas en el azul de un silencio amenazante que aguarda impávido ante el avance indefectible del tiempo. Allí, girando, quietas, con la vista clavada en el suelo fallado. Todo alrededor son grietas y antigüedad indeseable, ciudades completas que regalan palabras, que apaciguan la curiosidad. La única sombra que se ve es la de una soga, pendiendo unánime desde las alturas. Tiene un nudo cilíndrico, extenso, probablemente cómodo. Y detrás está el hombre, oscuro y vacío. Aguarda la orden para lanzarse con valentía y jactarse de un acercamiento. Es su última estrategia, los artilugios se agotaron y sus ojos se secaron. Por dentro es una estatua, aunque se mueve por fuera. Exige su comodidad, sólo recibe su propio eco, su voz multiplicada dentro de su hueco interior. Es el momento, alguien lo apura sin empujar. Cuestión de códigos. Luego llegará alguna humorada para justificar aquello que se tropieza por desaparecer. Los párpados del niño se petrificaron al instante.

sábado, octubre 29, 2005

Desperdicio

Migajas de un ser que apenas puede cantar. Eran cenizas de aquello que se pierde en el tiempo y se desdibuja en la memoria detrás de promesas estúpidas y máscaras falaces que presentan rasgos de lo que nunca fue o que se oculta tras un velo de hiriente estancamiento.

La insatisfacción de llegar al lugar equivocado y encontrar un manojo de dedos desperdiciados que sostienen un vaso semi-vacío y lleno de frustraciones. Una lágrima mental pide una vez más el triste refugio de la dignidad. Una vez más la soledad de un abrazo frío que sólo sirve para ver un suelo artificial.

¿Dónde quedó el poema sinfónico que alguna vez le dio forma al sueño?. Probablemente dejó de existir. Los pasillos se convirtieron en piedras impenetrables. Ya nada puede hacerse.