
El desierto, su inmensidad. Montañas planas de arena se unen con el horizonte, indivisibles. El cielo es blanco, encandila, la temperatura forma sedimentos imposibles en el aire. En algún lugar inexacto está el hombre y una planta. En sus manos pende un frasco de cristal azul, completo de agua. Ambos seres se desdibujan en el calor de la arena. No hay destino, la extensión es laberíntica. Las hojas del vegetal se tuercen ante la sucesión de soles furiosos y frías noche universales. El hombre tiembla frente a sus delirios, aunque sabe que no está solo, la pequeña planta lo acompaña. Una gota de agua para cada uno, todos los días una gota, insuficiente cantidad para alcanzar vitalidad, pero al menos la muerte se mantiene distante, distante sí, también amenazante. Una gota, exigua, tibia y transparente. Sólo una gota para aquietar la aridez que avanza entre párpados invisibles. La percepción de lo interior y lo exterior es idéntica, monotonía y sacrificio en un espacio sin dioses que consuelen la congruencia. La planta, que nunca había proyectado sombra alguna, pierde el control y se entrega silenciosa a las llamas del desierto. El hombre se convierte en ceniza inmediatamente detrás. Sobre la arena sólo quedó el frasco azul, completo de agua.
