miércoles, diciembre 31, 2008

El instinto

No sé cómo se encontraron, ni cuándo sus bocas se tocaron por primera vez. No tenían nombres ni rostros, se aplastaban sobre la pared de una fábrica cerrada, el muro gris salpicado y ellos que apenas se movían. Pasaban autos a toda velocidad y de tanto en tanto alguien cruzaba la vereda hacia la parada del colectivo, el único que atravesaba el barrio. Me quedé mirándolos durante unos minutos, actuaban tan silenciosamente salvajes, me hubiera gustado interrumpirlos, preguntarles qué es lo que los unía, por qué se abrazaban, por qué la boca, por qué a la sombra de un edificio sucio y abandonado, por qué al mediodía. Parecía un encuentro inevitable. Me imaginé una fotografía, muy en primer plano, en colores opacos. Encendí el auto y me fui pensando en la sociedad y en la reacción contraria: una bala en la nuca, una ceja rota. Como si, a fin de cuentas, lo que determinara el trayecto fuese la intensidad de los extremos.

jueves, noviembre 20, 2008

Las palabras

Las mañanas eran rituales. Desde el preciso instante en que abría los ojos se perdía en reflexiones inocuas. A veces hasta se esmeraba en recordar lo que había soñado para robar ideas. El señor Gutiérrez era un hombre solo, una línea le servía de inspiración. El urinario de Duchamp pintado de rosa. El contexto se le antojaba fascinante. El museo, el jugador de ajedrez que le falta el respeto sin más que una idea. El señor Gutiérrez estaba de acuerdo. Un gran punto de partida, un final incierto. Le gustaba entenderlo así. Entender - se resignaba- puede ser un goce estético. Sus poesías eran el caos. Le gustaba mezclar palabras, vislumbrar lejanos conceptos estéticos que ni a él mismo lo convencían. Era su lugar y necesitaba sentirse hermoso: las palabras lo ayudaban a vestirse, a desayunar galletas de chocolate (odiaba el color vainilla), a salir a la calle, a observar cómo las mujeres se acomodan el pelo cuando llegan al semáforo. El señor Gutiérrez prefería confiar en el misterio, conjugar mal los verbos.

lunes, octubre 27, 2008

El manjar

El proceso de elaboración de un plato delicioso comienza en la verdulería. Papas, bien sucias. Dos son suficientes. Se les quita la cáscara, se las corta en cubos anárquicos de tres centímetros de lado, luego se las sumerge en agua hirviendo por quince minutos, tiempo prudente para que queden cocidas sin deformarse en un puré aguachento. Al plato. Una pizca de sal, un hilo abundante de aceite. Es conveniente escuchar la radio y concentrar la mirada en algún rincón mientras se practica la masticación. La saliva y los movimientos maxilares generan un bolo amorfo que viaja por el esófago hasta el estómago, se mezcla con la bilis y se convierte, mediante complejos procesos químicos, en cuerpo. Puede acompañarse con un poco de agua de la canilla. Tiempo de ingesta recomendado: cuatro minutos y medio.