domingo, octubre 28, 2007

La autoridad

El señor Gutiérrez quería llenar el universo de papel utilizando un solo papel. Tenía la teoría de que dividiendo al medio infinitamente un retazo lograría duplicar su superficie; así sucesivamente hasta agotar el espacio disponible. Convencido de su idea se dirigió hasta una librería y compró el papel más grueso que vendían, para simplificar el trabajo. Estuvo 17 días dividiendo, hasta que se dio cuenta de que no lograba siquiera abarcar la superficie de su departamento antes de que se le deshaga entre las manos. El problema es que el papel que compré es muy fino, reflexionó. Y fue nuevamente a la librería en busca de un papel de mayor grosor.

El nuevo intento fue el mismo fracaso. Cualquiera se daba cuenta de que la teoría era a todas luces errónea; cualquiera menos el señor Gutiérrez. Él estaba convencido. Por supuesto que lo primero que hizo fue ir a quejarse a la librería por la calidad del papel que le estaban vendiendo. Explicó las razones de su reclamo. Por supuesto que lo expulsaron de la librería amistosamente, junto con una invitación a no regresar.

Más complicado se ponía el asunto, más se exigía para concretarlo. Entonces decidió fabricar su propio papel, uno que le permita dividirlo hasta completar el volumen del universo. Hizo papeles cada día más gruesos. Más y más gruesos. Y siempre fracasaba. Taló hectáreas completas de árboles, al tiempo que sembraba otras para poder seguir intentando en el futuro. Y siempre fracasaba.

Preocupadas por lo que estaba sucediendo, se hicieron presentes las autoridades para detener su empresa. Pero no por la escasez de montes y bosques, sino por temor a que lo logre y que la integridad del propio universo corra riesgo. Podría asfixiarnos a todos, podríamos morir, pensaron.

El señor Gutiérrez fue encerrado en una jaula de mimbre. Sus papeles apenas completaban un galpón que había mandado a construir cerca de su departamento.

Entonces todos siguieron con su vida, en paz.

domingo, octubre 21, 2007

El silencio

Hay palabras que lastiman. Especialmente las que se pronuncian a destiempo. Surgen situaciones donde se expulsan frases, sentencias entre amigos o de pareja, que representan un límite; una vez cruzado se pulveriza cualquier posibilidad de regreso. Son situaciones extremas, que pueden provocar un alejamiento definitivo entre dos personas que compartieron gran parte de sus vidas juntas.

Pero no siempre es un circuito de persona a persona. También hay palabras que golpean a su propio autor; inauguran un proceso de autoflagelación psicológica que puede llegar a extenderse durante meses. Son, tal vez, contextos cotidianos donde alguien desliza un insulto, una idea, una referencia, un recuerdo, una anécdota de la cual se arrepiente, en ese mismo instante, de haberla compartido. La escena se imprime, cuadro por cuadro, en la memoria, y luego emerge aleatoriamente en distintos momentos y horarios de los días subsiguientes. Golpea la autoestima con furia.

Hay cientos de miles de ejemplos para ilustrar estas situaciones. Hay algunas que son simples errores sin intención, que pueden ubicarse en la categoría de chiste. Malos momentos, efímeros. Pero hay otras que no. Duelen de verdad, se clavan como una daga entre las costillas. Lo increíble es que no siempre la situación es alertada por el resto del auditorio. Muchas veces las palabras sólo son registradas por la persona que las pronuncia. Lo mismo da. El problema es la situación posterior, cuando se vuelve una y otra vez sobre el recuerdo. Ahí se genera el verdadero flagelo: el análisis, que es culpa. A veces las conclusiones son tan crueles que dan ganas de ir en busca de una motosierra y astillarse el cráneo. Es Uno Mismo vs. Uno Mismo. Enfrentamiento donde ni los grandes titanes consiguen salir victoriosos.

¿Por qué y cuándo desaparece la culpa? Es indeterminable. La culpa desaparece porque desaparece el recuerdo completo. Prefiero ni detenerme a pensar qué consecuencias empujará este olvido hacia el subconsciente, qué miserias y oscuridades archivará allí.

Anoche experimenté el proceso inverso. Mientras compartía una cena en la casa de un amigo, junto con un grupo de personas estupendas que recién conocía, apareció en mi mente un posible comentario. Por timidez no lo hice. Guardé silencio. Y fue la mejor decisión. Esas palabras podrían haberme ubicado en el pozo de la culpa. Me di cuenta segundos después del momento en que hubiera hablado. La dignidad del silencio. Quedé libre, es cierto, pero increíblemente experimento esa angustia de sólo imaginar qué hubiera pasado si hubiera abierto la boca. Invento reacciones propias y ajenas. Afilo en el aire la motosierra.

Parece que la autoflagelación es, al menos esta tarde, una necesidad. Mejor me escapo de mí mismo.

domingo, octubre 14, 2007

La historia

Los motivos existen. Y las casualidades también. No creer en las casualidades es ser fatalista, escuela muy poco entretenida de profesar: el mundo es como una función de títeres, y el titiritero es un concepto ininteligible llamado destino. Es preferible que la existencia sea calculable (y que los cálculos fallen, obviamente), antes de que ya esté calculada. Pocas posturas más simplistas que la de negar las casualidades

Hay un hilo, formado por millares de hilos entrelazados.

Algunos mezclados entre sí; otros que ni se tocan; otros que dan lugar a otros hilos; otros que están cortados. Algunos largos, algunos breves.

La historia, formada por millares de historias entrelazadas.

Hay una lectura general posible: la de los manuales, que utiliza como eje grandes sucesos. También hay una lectura individual posible, aunque infinita: la de cada una de las personas. Todas tienen su propia historia, que también está formada por millares de historias entrelazadas: los anhelos, la muerte de un ser querido, una operación de rodilla, el foquito de luz que ilumina la habitación, Led Zeppelin, una mirada que es poesía, amigos, lecturas, los colores, una comida, un consejo de papá, una pelea, esa palabra que congeló el teléfono, un viaje, un hijo, una tarde mirando el mar, un beso, un perfume, Berni, una caída, un descubrimiento, un error. Instantes que modifican y se modifican.

Los recuerdos. Creo que mi memoria funciona por acumulación de cuadros, como si fueran fotos superpuestas. No hay movimiento, o sí pero es ficticio. La historia que conservo de mí mismo tiene esa lógica, donde también hay una fuerte presencia de lo auditivo, lo olfativo, lo táctil, lo gustativo. Yo soy esa combinación de todos los sentidos; que es distinta a la de la muchacha que ahora está bailando enfrente mío. Ella tiene su propia historia, donde yo no tengo espacio. Todavía. Podría tenerlo si hago algo llamativo para ingresar, por ejemplo desgarrarme la camisa, gritarle como Tarzán en plena cara y salir corriendo cual gorila simpático del Animal Planet. Obviamente no voy a hacer eso, pero tengo muchas ganas. Sólo para preguntarle algún día, si la casualidad me vuelve a cruzar con ella, si me convertí en uno de los tantos hilos que conforman su historia.

Lo ideal sería conseguir un lugar sin la necesidad de dirigirle más que una mirada. Pero eso es amor. De eso no entiendo nada.