El señor Gutiérrez quería llenar el universo de papel utilizando un solo papel. Tenía la teoría de que dividiendo al medio infinitamente un retazo lograría duplicar su superficie; así sucesivamente hasta agotar el espacio disponible. Convencido de su idea se dirigió hasta una librería y compró el papel más grueso que vendían, para simplificar el trabajo. Estuvo 17 días dividiendo, hasta que se dio cuenta de que no lograba siquiera abarcar la superficie de su departamento antes de que se le deshaga entre las manos. El problema es que el papel que compré es muy fino, reflexionó. Y fue nuevamente a la librería en busca de un papel de mayor grosor.El nuevo intento fue el mismo fracaso. Cualquiera se daba cuenta de que la teoría era a todas luces errónea; cualquiera menos el señor Gutiérrez. Él estaba convencido. Por supuesto que lo primero que hizo fue ir a quejarse a la librería por la calidad del papel que le estaban vendiendo. Explicó las razones de su reclamo. Por supuesto que lo expulsaron de la librería amistosamente, junto con una invitación a no regresar.
Más complicado se ponía el asunto, más se exigía para concretarlo. Entonces decidió fabricar su propio papel, uno que le permita dividirlo hasta completar el volumen del universo. Hizo papeles cada día más gruesos. Más y más gruesos. Y siempre fracasaba. Taló hectáreas completas de árboles, al tiempo que sembraba otras para poder seguir intentando en el futuro. Y siempre fracasaba.
Preocupadas por lo que estaba sucediendo, se hicieron presentes las autoridades para detener su empresa. Pero no por la escasez de montes y bosques, sino por temor a que lo logre y que la integridad del propio universo corra riesgo. Podría asfixiarnos a todos, podríamos morir, pensaron.
El señor Gutiérrez fue encerrado en una jaula de mimbre. Sus papeles apenas completaban un galpón que había mandado a construir cerca de su departamento.
Entonces todos siguieron con su vida, en paz.

