domingo, diciembre 16, 2007

La contemplación

El miedo, tema extenso. Estrategia de dominación por excelencia (la ignorancia deviene en miedo) y refugio de las personas poco interesadas en modificar creencias, ideologías y su circuito de verdades. Sin llegar a un análisis tan espinoso, existen microsistemas donde el miedo se presenta de un modo directo: la imagen.

La calle está superpoblada de imágenes, la gran mayoría publicitarias, desde carteles luminosos hasta fotocopias adheridas a la cara interna del vidrio de los kioscos. Incluso la decoración de las fachadas de las casas se trabaja con un fin publicitario, en un 90% se trata de objetos religiosos. Las inscripciones y las estatuitas que adornan puertas y paredes tienen una triple connotación:

1) En esta casa somos fieles creyentes de…
2) Usted que mira y no cree, dése una oportunidad de creer en…
3) Usted que mira y cree, sepa que compartimos…

Es evidente que se hace gala de los cultos y al mismo tiempo se intenta –silenciosamente- convencer a los transeúntes que se detienen a observar. El propietario de la casa se suma inconscientemente a una tarea milenaria de adoctrinamiento.

Pero fuera del universo de la publicidad también hay imágenes. Por ejemplo cuadros. Un recorrido apresurado por salas de espera, entradas de edificios, locales gastronómicos de todo tipo y oficinas arroja una realidad extraña: la mayoría de los cuadros son láminas enmarcadas, y la mayoría de las láminas son iguales. Los ambientes están repletos de Mirós; Van Goghs; Diego Riveras; Frida Khalos; Dalís y Picassos. En todas partes las mismas imágenes. No hay forma de escapar. Y no es una moda: es miedo. Miedo a elegir.

Lo que es señalado como bello y aceptado por la mayoría se ubica en un extraño pedestal de usos obligatorios. Eso es bello, ergo, eso hay que usar/lucir/comprar. A eso hay que parecerse. Es una existencia funcional.

El viernes por la tarde salí a caminar sugestionado por esta idea masiva e ininteligible de la belleza. Observé que hombres y mujeres, por igual, se esfuerzan por parecerse entre sí. Ropa, peinados, maquillaje. Por un momento tuve ganas de volver a mi casa, disfrazarme de queso gruyere y volver a salir. O simplemente quedarme en calzoncillos apoyado en un semáforo, para brindar algo distinto. Obviamente no lo hice, aunque hubiera sido entretenido. Lo distinto es en primera instancia desagradable. Y tenía ganas de generar rechazo.

Sospecho que se hace un gran esfuerzo por reducir los márgenes de la contemplación, para luego introducir productos y servicios en el mínimo espacio que queda abierto. Cualquier conducta que se extralimite puede confundirse con tener personalidad. Traición número uno para la sociedad de consumo.

lunes, diciembre 10, 2007

El piropo

Entre las sombras, se escucha una voz áspera:

- “Mamasa, con esa cola te invito a cagar a casa”

La muchacha que recibe las palabras aprieta la cartera bajo su brazo y acelera el paso con cara de asco. El autor de la genialidad se saluda con sus amigos. Sonríe, como si hubiera conseguido algún rédito de su actuación. Incluso codea a uno de ellos para que ría. Al menos por compromiso. Pero que se ría.

Algo me dice que este muchacho, en lugar de querer cortejar a una dama, intenta alguna aproximación sexual con sus compinches. Absolutamente todo lo que hizo persigue este fin: la entonación, los gestos (una mano en el bolsillo desde donde se acaricia los testículos), la mirada y la elegancia de su verso. Hasta él mismo se da cuenta de que lo que dice jamás puede concluir exitosamente. ¿Por qué lo dice entonces?. Encima, sospecho que este tipo de piropos sólo se pronuncian en grupo y de noche; salvo que exista algún desviado que lisa y llanamente salga a las calles a insultar a la gente. (Obviamente, queda excluido de este análisis el heroico albañil que balbucea obscenidades, solo, a las nueve de la mañana, cargando una carretilla de arena). El piropo, podemos concluir, se ha convertido en un género callejero destinado a destacar la propia masculinidad, ante otros hombres.

En síntesis. El piropo es inútil, anónimo. Tal vez haya algún ejemplo lejano donde haya servido para obtener una respuesta positiva. Pero lo dudo. La única forma de conseguir la atención de una mujer es acercarse y ponerse a prueba. Exponerse.

domingo, diciembre 02, 2007

El asco

Vi un muerto postrado en la calle, con los ojos abiertos. Era de noche y no quise ser minucioso. En realidad no pude Estaba lleno de gente, muchos curiosos –el morbo late en cada esquina- y también profesionales: policías y médicos. El hombre se había suicidado, se cortó la venas sentado al pie del árbol de la casa de su novia. Ella no estaba, lo encontró su madre. El diagnóstico: se desangró por auto mutilación.

El charco de sangre ya estaba negro y goteaba hacia la vereda. Usó una hoja de gilette, la deslizó por su muñeca izquierda. Estaba boca arriba. La ropa húmeda y oscura; la cara blanca. Sólo pude ver eso. Sentí asco. El asco implica huir mentalmente, no poder detenerse allí. El asco es la sensación que se produce cuando no hay defensas para enfrentar determinadas situaciones.

Cualquier asco, incluso a personas, comidas y olores, cumple su esencia en sorprender. Los ascos que no sorprenden son rutina y pasan a ser una experiencia desagradable; uno ya está preparado para recibirla, y aunque cause rechazo hay una barrera preparada para amortiguar la sensación.

Los médicos analizaban el cadáver con aire de rutina. Ellos estaban cubiertos por la experiencia y por los conocimientos. No veían un imagen asquerosa, veían a una persona con las secuelas típicas del desangramiento. El asco puede desaparecer si uno sabe construir las defensas necesarias.

Creo que toda la secuencia duró tres minutos. No logré soportarlo. Se me aflojaron las piernas y tuve que tomar un taxi. Me palpé el cuerpo para asegurarme de que estaba sano; me sentía débil. Llegué a mi casa y me acosté en el suelo. Percibí en mi boca un gusto metálico y las pulsaciones muy aceleradas. Del asco pasé a una extraña y efímera felicidad. Probablemente porque me sentí vivo.