Hay palabras que lastiman. Especialmente las que se pronuncian a destiempo. Surgen situaciones donde se expulsan frases, sentencias entre amigos o de pareja, que representan un límite; una vez cruzado se pulveriza cualquier posibilidad de regreso. Son situaciones extremas, que pueden provocar un alejamiento definitivo entre dos personas que compartieron gran parte de sus vidas juntas.Pero no siempre es un circuito de persona a persona. También hay palabras que golpean a su propio autor; inauguran un proceso de autoflagelación psicológica que puede llegar a extenderse durante meses. Son, tal vez, contextos cotidianos donde alguien desliza un insulto, una idea, una referencia, un recuerdo, una anécdota de la cual se arrepiente, en ese mismo instante, de haberla compartido. La escena se imprime, cuadro por cuadro, en la memoria, y luego emerge aleatoriamente en distintos momentos y horarios de los días subsiguientes. Golpea la autoestima con furia.
Hay cientos de miles de ejemplos para ilustrar estas situaciones. Hay algunas que son simples errores sin intención, que pueden ubicarse en la categoría de chiste. Malos momentos, efímeros. Pero hay otras que no. Duelen de verdad, se clavan como una daga entre las costillas. Lo increíble es que no siempre la situación es alertada por el resto del auditorio. Muchas veces las palabras sólo son registradas por la persona que las pronuncia. Lo mismo da. El problema es la situación posterior, cuando se vuelve una y otra vez sobre el recuerdo. Ahí se genera el verdadero flagelo: el análisis, que es culpa. A veces las conclusiones son tan crueles que dan ganas de ir en busca de una motosierra y astillarse el cráneo. Es Uno Mismo vs. Uno Mismo. Enfrentamiento donde ni los grandes titanes consiguen salir victoriosos.
¿Por qué y cuándo desaparece la culpa? Es indeterminable. La culpa desaparece porque desaparece el recuerdo completo. Prefiero ni detenerme a pensar qué consecuencias empujará este olvido hacia el subconsciente, qué miserias y oscuridades archivará allí.
Anoche experimenté el proceso inverso. Mientras compartía una cena en la casa de un amigo, junto con un grupo de personas estupendas que recién conocía, apareció en mi mente un posible comentario. Por timidez no lo hice. Guardé silencio. Y fue la mejor decisión. Esas palabras podrían haberme ubicado en el pozo de la culpa. Me di cuenta segundos después del momento en que hubiera hablado. La dignidad del silencio. Quedé libre, es cierto, pero increíblemente experimento esa angustia de sólo imaginar qué hubiera pasado si hubiera abierto la boca. Invento reacciones propias y ajenas. Afilo en el aire la motosierra.
Parece que la autoflagelación es, al menos esta tarde, una necesidad. Mejor me escapo de mí mismo.

