domingo, octubre 21, 2007

El silencio

Hay palabras que lastiman. Especialmente las que se pronuncian a destiempo. Surgen situaciones donde se expulsan frases, sentencias entre amigos o de pareja, que representan un límite; una vez cruzado se pulveriza cualquier posibilidad de regreso. Son situaciones extremas, que pueden provocar un alejamiento definitivo entre dos personas que compartieron gran parte de sus vidas juntas.

Pero no siempre es un circuito de persona a persona. También hay palabras que golpean a su propio autor; inauguran un proceso de autoflagelación psicológica que puede llegar a extenderse durante meses. Son, tal vez, contextos cotidianos donde alguien desliza un insulto, una idea, una referencia, un recuerdo, una anécdota de la cual se arrepiente, en ese mismo instante, de haberla compartido. La escena se imprime, cuadro por cuadro, en la memoria, y luego emerge aleatoriamente en distintos momentos y horarios de los días subsiguientes. Golpea la autoestima con furia.

Hay cientos de miles de ejemplos para ilustrar estas situaciones. Hay algunas que son simples errores sin intención, que pueden ubicarse en la categoría de chiste. Malos momentos, efímeros. Pero hay otras que no. Duelen de verdad, se clavan como una daga entre las costillas. Lo increíble es que no siempre la situación es alertada por el resto del auditorio. Muchas veces las palabras sólo son registradas por la persona que las pronuncia. Lo mismo da. El problema es la situación posterior, cuando se vuelve una y otra vez sobre el recuerdo. Ahí se genera el verdadero flagelo: el análisis, que es culpa. A veces las conclusiones son tan crueles que dan ganas de ir en busca de una motosierra y astillarse el cráneo. Es Uno Mismo vs. Uno Mismo. Enfrentamiento donde ni los grandes titanes consiguen salir victoriosos.

¿Por qué y cuándo desaparece la culpa? Es indeterminable. La culpa desaparece porque desaparece el recuerdo completo. Prefiero ni detenerme a pensar qué consecuencias empujará este olvido hacia el subconsciente, qué miserias y oscuridades archivará allí.

Anoche experimenté el proceso inverso. Mientras compartía una cena en la casa de un amigo, junto con un grupo de personas estupendas que recién conocía, apareció en mi mente un posible comentario. Por timidez no lo hice. Guardé silencio. Y fue la mejor decisión. Esas palabras podrían haberme ubicado en el pozo de la culpa. Me di cuenta segundos después del momento en que hubiera hablado. La dignidad del silencio. Quedé libre, es cierto, pero increíblemente experimento esa angustia de sólo imaginar qué hubiera pasado si hubiera abierto la boca. Invento reacciones propias y ajenas. Afilo en el aire la motosierra.

Parece que la autoflagelación es, al menos esta tarde, una necesidad. Mejor me escapo de mí mismo.

domingo, octubre 14, 2007

La historia

Los motivos existen. Y las casualidades también. No creer en las casualidades es ser fatalista, escuela muy poco entretenida de profesar: el mundo es como una función de títeres, y el titiritero es un concepto ininteligible llamado destino. Es preferible que la existencia sea calculable (y que los cálculos fallen, obviamente), antes de que ya esté calculada. Pocas posturas más simplistas que la de negar las casualidades

Hay un hilo, formado por millares de hilos entrelazados.

Algunos mezclados entre sí; otros que ni se tocan; otros que dan lugar a otros hilos; otros que están cortados. Algunos largos, algunos breves.

La historia, formada por millares de historias entrelazadas.

Hay una lectura general posible: la de los manuales, que utiliza como eje grandes sucesos. También hay una lectura individual posible, aunque infinita: la de cada una de las personas. Todas tienen su propia historia, que también está formada por millares de historias entrelazadas: los anhelos, la muerte de un ser querido, una operación de rodilla, el foquito de luz que ilumina la habitación, Led Zeppelin, una mirada que es poesía, amigos, lecturas, los colores, una comida, un consejo de papá, una pelea, esa palabra que congeló el teléfono, un viaje, un hijo, una tarde mirando el mar, un beso, un perfume, Berni, una caída, un descubrimiento, un error. Instantes que modifican y se modifican.

Los recuerdos. Creo que mi memoria funciona por acumulación de cuadros, como si fueran fotos superpuestas. No hay movimiento, o sí pero es ficticio. La historia que conservo de mí mismo tiene esa lógica, donde también hay una fuerte presencia de lo auditivo, lo olfativo, lo táctil, lo gustativo. Yo soy esa combinación de todos los sentidos; que es distinta a la de la muchacha que ahora está bailando enfrente mío. Ella tiene su propia historia, donde yo no tengo espacio. Todavía. Podría tenerlo si hago algo llamativo para ingresar, por ejemplo desgarrarme la camisa, gritarle como Tarzán en plena cara y salir corriendo cual gorila simpático del Animal Planet. Obviamente no voy a hacer eso, pero tengo muchas ganas. Sólo para preguntarle algún día, si la casualidad me vuelve a cruzar con ella, si me convertí en uno de los tantos hilos que conforman su historia.

Lo ideal sería conseguir un lugar sin la necesidad de dirigirle más que una mirada. Pero eso es amor. De eso no entiendo nada.

domingo, octubre 07, 2007

La impuntualidad

El tiempo, extensa discusión. La filosofía tropieza con este concepto desde hace siglos, desde que el hombre es consciente de su existencia. Lo curioso del tiempo es que se mide con increíble exactitud desde lo científico, por ejemplo la duración de un round de boxeo; sin embargo es absolutamente relativo para cada una de las personas, incluso para las que llevan su reloj indefectiblemente en su muñeca o teléfono celular. No tiene mucho que ver conocer la hora si no se tiene noción de la velocidad con que transcurre.

El mundo podría dividirse en dos grandes grupos: las personas puntuales y las impuntuales. Y dentro de cada uno de estos dos segmentos hay infinidad de variantes. Ayer, sin ir más lejos, conocí a un jardinero que siempre llega 5 minutos antes a la casa donde tiene que hacer su trabajo. Me dijo que se queda junto al timbre hasta que su reloj marca la hora en punto, segundos en cero, en la cual acordó su llegada. En ese instante preciso se anuncia. Un descolocado. De todos modos, los puntuales no causan problemas, salvo aquellos que quieren obligar al resto de la humanidad a adecuarse a su obsesión. No entienden que la vida cronométrica es dañina. Y fundamentalmente muy predecible. Los que llegan temprano son ansiosos, un planeta aparte.

Los impuntuales son más coloridos. Hay impuntuales simpáticos: los que llegan entre 10 y 15 minutos tarde. A ellos todo se le perdona, porque están dentro del margen aceptable de impuntualidad. (Salvo para los cronométricos, claro. Ellos, mientras esperan, experimentan una sensación de vida completa desperdiciada). Pero también hay quienes definitivamente no saben administrar el tiempo, lo cual es un problema; no porque dejan plantado a un amante, novia o amigos, sino porque el día no les reporta resultados.

Dentro de este estilo de impuntuales hay tres grupos. El primero está conformado por aquellos que entienden el tiempo como un detalle. Para ellos el tiempo sólo pasa a un primer plano cuando tienen real interés en algo. Son personas que pueden llegar una hora tarde a una reunión familiar, pero jamás llegarían tarde para tomar un avión a la Polinesia; o para encontrarse con el amor de su vida. Por el contrario, son capaces de tomar la postura del jardinero. Internamente viven ese momento con la precisión del jardinero. Pero sólo ese momento. Son impuntuales cuando la circunstancia no los moviliza a quebrar su egoísmo. Aunque quieran presentarse al mundo como personas flexibles y poco comprometidas, están mintiendo: son el jardinero.

El segundo grupo está integrado por los revolucionarios de la impuntualidad. Son esos que por un principio ético personal no respetan los horarios acordados. Si alguien propone encontrarse a las 15, por ejemplo, ellos llegan a las 15:30. Es esa media hora que, desde el primer momento, ya saben que van a utilizar en otra cosa, generalmente en nada. El tiempo para ellos no es un inciso a respetar. Listo. Nunca van a llegar a horario, porque no quieren llegar. Generalmente estos impuntuales se llevan mal entre ellos, porque siempre hay un revolucionario más extremo, entonces comienzan las discusiones. Lo mejor en estos casos es un mediador, que casi siempre es un impuntual simpático. Ya fue enunciado: todo se les perdona.

El tercer grupo es el que agrupa a los que siempre están ocupados. La diferencia de estos impuntuales es que avisan; tienen la mínima decencia de enviar un mensaje de texto, hacer un llamado, avisar por un tercero que van a llegar tarde. Quienes los esperan saben que no llegan a horario porque les es imposible. Aunque terminan fastidiando a pesar de la excusa, supuestamente, irrefutable. Lo que fastidia es que llegan tarde pero llegando tarde a otra parte.

El grupo más lindo, a mi modo de entender, es el de los que saben cómo manejar los tiempos acorde a su propia necesidad, a la circunstancia y de acuerdo a la persona con la que sellaron un compromiso. Al cine llegan 20 minutos antes porque saben que consiguen buen lugar; a ver a la chica que les gusta llegan tarde para no demostrar demasiado interés; al trabajo llegan en punto; a la casa de la abuela llegan más temprano porque saben que está todo listo una hora antes.

Tal vez, visto desde afuera, estas personas ingresan en el grupo de los puntuales. Es probable, porque para lograr una conducta tan estratégica hay que respetar las exigencias del reloj y luego buscar su punto de manipulación. Como los músicos. La música tiene una relación directa con el tiempo. Ser siempre exacto tiñe la obra de frialdad. Ser siempre inexacto es ser un mal músico. Está en uno ir alternando a discreción. Elegir. Eso es arte. Y libertad.