La lógica formal tiene dos razonamientos básicos: el deductivo y el inductivo. El razonamiento deductivo no le aporta información al mundo. El clásico y aburrido diagrama de Sócrates:Premisa 1: Todos los hombres son mortales
Premisa 2: Sócrates es hombre
Conclusión: Por lo tanto, Sócrates es mortal.
Es claro que la conclusión no ha brindado ninguna novedad. Si alguien sabe que todos los hombres son mortales y que Sócrates es hombre ya está todo dicho. La conclusión podría entenderse como una redundancia.
El razonamiento inductivo funciona de otro modo. Es el que utiliza la ciencia para aportar información al mundo. Un ejemplo sencillo:
Premisa 1: El oro se dilata al calor
Premisa 2: La plata se dilata al calor
Premisa 3: El mercurio se dilata al calor
Conclusión: Todos los metales se dilatan al calor.
Ningún científico podría decir que todos los metales se dilatan al calor observando sólo el comportamiento del bronce, por ejemplo. Tiene que analizar la mayor cantidad de metales posibles y de allí esbozar una ley general; atención: que puede ser falsable. Afortunadamente, la ciencia es consciente de que sus principios están abiertos a cualquier cambio.
Ahora bien, hay personas que arman su mundo a partir de razonamientos inductivos inmediatos. Para ellas, un solo caso es suficiente para ordenar y controlar el devenir universal. La primera observación que hacen de determinados fenómenos, objetos o procesos, por ejemplo el precio del ají, se convierte en ley irrefutable. Y no hay forma alguna de que cambien de opinión. Probablemente por comodidad. Una vez que creen entender, hacen lo imposible por sostener ese sistema que idearon, lleno de contradicciones, equivocaciones conceptuales y, fundamentalmente, omisiones. Ignorancia. O lo que es lo mismo, razonamientos de inducción fácil.
Un diálogo oído al pasar. Dos personas de inducción fácil hablan sobre temas varios. El diálogo se extiende desde el clima hasta la situación político-económica de la Unión Europea. En todos los incisos aparecen conclusiones interesantes. Un fragmento:
- Ese gato está desorientado. En cualquier momento lo va a pisar un auto. Cruza la calle como si no le importara nada- dice A. señalando a un pequeño felino blanco que descansa en el borde de la vereda, al rayo del poco sol que propone la mañana.
- Sí. Porque seguramente es sordo. Mi cuñada tiene un gato blanco también y es sordo- agrega B. con un gesto de seriedad. - Igual, nos quejamos del gato, pero los humanos cruzamos la calle sin respetar nada tampoco. Yo veo a las madres con los hijos cruzando por cualquier lado, es un peligro. El problema es la falta de control. Tendría que haber un policía en cada esquina y el que cruza mal: una multa. Vas a ver cómo en 15 días todo se soluciona. Los animales son mucho más inteligentes que los humanos- dice A. con absoluta seguridad.
- Si se roban todo estos políticos. Es tan fácil robar. Mirá lo que están haciendo con los precios. No puede ser que un kilo de kiwis cueste 13 pesos. Eso ya te da la pauta de lo que roban los políticos en este país- dice B.
- Y los chicos… todo el día con esas computadoras. No quiero ni pensar dónde vamos a ir a parar. Tienen el cerebro atrofiado- dice A.
- Están en la droga- dice B.- Se han perdido los valores, la familia. Antes no le ibas a cuestionar nada a tus padres. Mirá ahora cómo son las cosas. La ciudad está toda sucia, las veredas rotas- dice A.- Pero con la televisión que tenemos... es pornografía. ¿Cómo no va a haber violadores en la calles si están todo el tiempo mostrándote mujeres desnudas y homosexuales?- dice B.
- La televisión está hecha a propósito para convertir a los chicos en homosexuales, y a las mujeres en prostitutas. A veces veo esos mendigos comiendo de la basura y me da una lástima-dice A.
La charla sucedió en un kiosco con cabinas de teléfono e internet. Fue bastante más extensa, pero no vale la pena seguir extendiendo la descripción. Hablaban animadamente, cerca de la puerta de entrada. Una llegaba, la otra salía. Cuando se despidieron, se miraron como si fueran las dueñas de la verdad. Se dieron la mano vigorosamente. Sonreían.
Inmediatamente pensé que estas personas, empujadas por la felicidad de sus razonamientos, luego reproducirán en sus casas, trabajos y entre sus amigos las mismas ideas. Las llevarán como bandera de lo irrefutable, hasta las últimas consecuencias. Convencidas de que el universo entero se rinde ante sus palabras.

