Tomé una pastilla: roja, con forma oval. Me duele la cabeza. Pensé casi una hora si debía tomarla o no. Finalmente la tragué. La verdad es que estoy pensando que tengo la presión muy alta, que mi corazón está trabajando forzado, que la sangre se me va a salir de la venas. Me va a explotar el pecho. Me voy a morir. Y la pastilla sólo me va a curar el dolor de cabeza. O peor, me va a disfrazar el síntoma, entonces seguirá avanzando la enfermedad. Y la muerte llegará con peores dolores. De a ratos soy conciente de que todo es una irrefrenable construcción de mi ansiedad, entonces la muerte se aleja. Y en dos segundos regresan las sensaciones fúnebres. Quiero llamar por teléfono a alguien para contarle, pero me obligo a mi mismo a quedarme tranquilo. Me paro frente al espejo, me veo incompleto. Me siento en una silla y me paro enseguida para buscar aire en la ventana. Tengo calor. Mucho. Me tiemblan las piernas y me zumban los oídos, de a ratos pierdo la sensibilidad en el brazo izquierdo, de a ratos en el derecho. Es un infarto. No hay dudas. Llega un mensaje de texto es ella me pregunta cómo estoy y me concentro en escribir con la mayor dedicación posible para darle a entender que quiero besarla abrazarla y tirarme en la cama con ella fumar compartir una copa de vino amaderado escuchar jazz le quiero responder pienso cada una de las palabras tengo que ser claro y preciso necesito generarle interés en pocos caracteres mensaje enviado. Nadie contesta. Me duele la cabeza.
