domingo, octubre 07, 2007

La impuntualidad

El tiempo, extensa discusión. La filosofía tropieza con este concepto desde hace siglos, desde que el hombre es consciente de su existencia. Lo curioso del tiempo es que se mide con increíble exactitud desde lo científico, por ejemplo la duración de un round de boxeo; sin embargo es absolutamente relativo para cada una de las personas, incluso para las que llevan su reloj indefectiblemente en su muñeca o teléfono celular. No tiene mucho que ver conocer la hora si no se tiene noción de la velocidad con que transcurre.

El mundo podría dividirse en dos grandes grupos: las personas puntuales y las impuntuales. Y dentro de cada uno de estos dos segmentos hay infinidad de variantes. Ayer, sin ir más lejos, conocí a un jardinero que siempre llega 5 minutos antes a la casa donde tiene que hacer su trabajo. Me dijo que se queda junto al timbre hasta que su reloj marca la hora en punto, segundos en cero, en la cual acordó su llegada. En ese instante preciso se anuncia. Un descolocado. De todos modos, los puntuales no causan problemas, salvo aquellos que quieren obligar al resto de la humanidad a adecuarse a su obsesión. No entienden que la vida cronométrica es dañina. Y fundamentalmente muy predecible. Los que llegan temprano son ansiosos, un planeta aparte.

Los impuntuales son más coloridos. Hay impuntuales simpáticos: los que llegan entre 10 y 15 minutos tarde. A ellos todo se le perdona, porque están dentro del margen aceptable de impuntualidad. (Salvo para los cronométricos, claro. Ellos, mientras esperan, experimentan una sensación de vida completa desperdiciada). Pero también hay quienes definitivamente no saben administrar el tiempo, lo cual es un problema; no porque dejan plantado a un amante, novia o amigos, sino porque el día no les reporta resultados.

Dentro de este estilo de impuntuales hay tres grupos. El primero está conformado por aquellos que entienden el tiempo como un detalle. Para ellos el tiempo sólo pasa a un primer plano cuando tienen real interés en algo. Son personas que pueden llegar una hora tarde a una reunión familiar, pero jamás llegarían tarde para tomar un avión a la Polinesia; o para encontrarse con el amor de su vida. Por el contrario, son capaces de tomar la postura del jardinero. Internamente viven ese momento con la precisión del jardinero. Pero sólo ese momento. Son impuntuales cuando la circunstancia no los moviliza a quebrar su egoísmo. Aunque quieran presentarse al mundo como personas flexibles y poco comprometidas, están mintiendo: son el jardinero.

El segundo grupo está integrado por los revolucionarios de la impuntualidad. Son esos que por un principio ético personal no respetan los horarios acordados. Si alguien propone encontrarse a las 15, por ejemplo, ellos llegan a las 15:30. Es esa media hora que, desde el primer momento, ya saben que van a utilizar en otra cosa, generalmente en nada. El tiempo para ellos no es un inciso a respetar. Listo. Nunca van a llegar a horario, porque no quieren llegar. Generalmente estos impuntuales se llevan mal entre ellos, porque siempre hay un revolucionario más extremo, entonces comienzan las discusiones. Lo mejor en estos casos es un mediador, que casi siempre es un impuntual simpático. Ya fue enunciado: todo se les perdona.

El tercer grupo es el que agrupa a los que siempre están ocupados. La diferencia de estos impuntuales es que avisan; tienen la mínima decencia de enviar un mensaje de texto, hacer un llamado, avisar por un tercero que van a llegar tarde. Quienes los esperan saben que no llegan a horario porque les es imposible. Aunque terminan fastidiando a pesar de la excusa, supuestamente, irrefutable. Lo que fastidia es que llegan tarde pero llegando tarde a otra parte.

El grupo más lindo, a mi modo de entender, es el de los que saben cómo manejar los tiempos acorde a su propia necesidad, a la circunstancia y de acuerdo a la persona con la que sellaron un compromiso. Al cine llegan 20 minutos antes porque saben que consiguen buen lugar; a ver a la chica que les gusta llegan tarde para no demostrar demasiado interés; al trabajo llegan en punto; a la casa de la abuela llegan más temprano porque saben que está todo listo una hora antes.

Tal vez, visto desde afuera, estas personas ingresan en el grupo de los puntuales. Es probable, porque para lograr una conducta tan estratégica hay que respetar las exigencias del reloj y luego buscar su punto de manipulación. Como los músicos. La música tiene una relación directa con el tiempo. Ser siempre exacto tiñe la obra de frialdad. Ser siempre inexacto es ser un mal músico. Está en uno ir alternando a discreción. Elegir. Eso es arte. Y libertad.

domingo, septiembre 30, 2007

El supermercado

La distribución es la de una pequeña ciudad, diagramada con avenidas y edificios de alimentos envasados. Es tan igual a una ciudad que tampoco tiene techo, o al menos nadie le presta atención. La gente que circula entre las góndolas empuja sus carros con la vista inclinada hacia el suelo; ningún producto está lo suficientemente alto, todo tiene ser accesible y, si es posible, atractivo. Hay un dato que es fundamental en la lógica de funcionamiento de un supermercado: el orden; en primera medida por producto: todos los jamones juntos; en segunda medida por marca, como si fueran una raza, o una clase social. De hecho lo representan. Un supermercado desordenado sería inútil, no sería funcional a su objetivo de generar ganancias. Igual que en la sociedad, el orden es en pos de un beneficio económico. En los dos casos, los beneficiado son los dueños. Algo curioso es que cuando se presenta el desorden es por arrepentimiento. Una lata de atún entre los shampooes, por ejemplo. Es evidente que alguien compró sin estar totalmente convencido y a mitad de camino, luego de una breve reflexión, se desprendió del producto.

El volumen de espacio ocupado en los carros permite calcular, aproximadamente, la cantidad de personas que van a alimentarse con esa compra. Quienes viven solos compran poco y todo chico: una leche; una manteca; un paquete de papel higiénico; una banana; dos manzanas; un paquete de fideos. Las madres compran con otra lógica, son conscientes que adquirir en cantidad es conveniente. Entonces van por lo grande, en casi todos los productos. Y dentro de los que compran en cantidad están los que analizan meticulosamente qué llevar. El tiempo de análisis, en este sentido, es directamente proporcional a las limitaciones económicas. Cuánto menos dinero disponible, más tiempo de comparación de precio, calidad y gramaje.

Es muy difícil anotar previamente todo lo que hace falta y respetar ese inventario. La vista puede más que las verdaderas necesidades. De hecho, se nota cuando hay productos que no fueron premeditados y, por razones circunstanciales, fueron incorporados a la compra. Si en un carro hay arroz, lavandina, fideos, lata de conserva, mermelada, carne –cortes clásicos-, jabón blanco, aceitunas, sachets de leche y un cubrecama, es evidente que el cubrecama se deslizó por misteriosas razones del momento. Tal vez una oferta. Tal vez un impulso mágico de gastar dinero. En los carros con muchas cosas repetidas, los de los compradores con capacidad, si hay algún producto pequeño y solo es porque ingresó a la primera instancia: testeo. Si satisface al cliente será adquirido posteriormente en cantidad. También están quienes se autoimponen una limitación y se pasean con una de canasta plástica. Sea quien sea, nadie habla demasiado. Tal vez por concentración. Casi siempre el lugar está muy cerca del silencio, no hay abultados murmullos. Apenas una música y a veces ni siquiera. Los beeps de las cajas se escuchan en cada rincón.

No hay nada sin envasar, salvo las frutas y verduras, y en algunos casos tampoco. Hay frutas que se presentan envueltas, una por una, en un papel delgadísimo. Parecería que existe un intento de que el producto real nunca esté a la vista. De hecho, hay una aversión hacia los paquetes rotos. Y muchas veces -esto lamentablemente se comprueba después de comprar- se nota que los fabricantes pusieron más empeño en el envoltorio que en el producto. Las fotografías son siempre perfectas, tentadoras. No así los resultados.

Las cajas se disponen en fila y son siempre lentas, tal vez para que la gente compre lo que tiene al alcance de la mano mientras espera. De acuerdo a los horarios hay más o menos cajeros. De acuerdo a los horarios hay personas de mayor o menor edad; de saco y corbata (siempre llevan pocas cosas y muy ricas, o pañales) o de joggin. Y quienes las atienden nunca están de buen humor. Es entendible, no es un trabajo agradable.

La semana pasada, mientras una de las muchachas arrastraba un yogurt por enfrente del láser que lee los precios, dije en voz alta: “Qué feo es el techo de este lugar. ¿No?”. Como si nada, pero para que me escuche. La chica alzó la vista. “Hace tres años que estoy acá y jamás lo había visto. Tenés razón”, respondió. Y esbozó una sonrisa. Pagué y salí a la vereda; me quedé afuera unos minutos mirando la caja. La chica, volvió a mirar el techo. Jamás sabré qué pensó. Me fui contento. No sé bien porqué.

domingo, septiembre 23, 2007

La ignorancia

La lógica formal tiene dos razonamientos básicos: el deductivo y el inductivo. El razonamiento deductivo no le aporta información al mundo. El clásico y aburrido diagrama de Sócrates:

Premisa 1: Todos los hombres son mortales
Premisa 2: Sócrates es hombre
Conclusión: Por lo tanto, Sócrates es mortal.

Es claro que la conclusión no ha brindado ninguna novedad. Si alguien sabe que todos los hombres son mortales y que Sócrates es hombre ya está todo dicho. La conclusión podría entenderse como una redundancia.

El razonamiento inductivo funciona de otro modo. Es el que utiliza la ciencia para aportar información al mundo. Un ejemplo sencillo:

Premisa 1: El oro se dilata al calor
Premisa 2: La plata se dilata al calor
Premisa 3: El mercurio se dilata al calor
Conclusión: Todos los metales se dilatan al calor.

Ningún científico podría decir que todos los metales se dilatan al calor observando sólo el comportamiento del bronce, por ejemplo. Tiene que analizar la mayor cantidad de metales posibles y de allí esbozar una ley general; atención: que puede ser falsable. Afortunadamente, la ciencia es consciente de que sus principios están abiertos a cualquier cambio.

Ahora bien, hay personas que arman su mundo a partir de razonamientos inductivos inmediatos. Para ellas, un solo caso es suficiente para ordenar y controlar el devenir universal. La primera observación que hacen de determinados fenómenos, objetos o procesos, por ejemplo el precio del ají, se convierte en ley irrefutable. Y no hay forma alguna de que cambien de opinión. Probablemente por comodidad. Una vez que creen entender, hacen lo imposible por sostener ese sistema que idearon, lleno de contradicciones, equivocaciones conceptuales y, fundamentalmente, omisiones. Ignorancia. O lo que es lo mismo, razonamientos de inducción fácil.

Un diálogo oído al pasar. Dos personas de inducción fácil hablan sobre temas varios. El diálogo se extiende desde el clima hasta la situación político-económica de la Unión Europea. En todos los incisos aparecen conclusiones interesantes. Un fragmento:

- Ese gato está desorientado. En cualquier momento lo va a pisar un auto. Cruza la calle como si no le importara nada- dice A. señalando a un pequeño felino blanco que descansa en el borde de la vereda, al rayo del poco sol que propone la mañana.
- Sí. Porque seguramente es sordo. Mi cuñada tiene un gato blanco también y es sordo- agrega B. con un gesto de seriedad. - Igual, nos quejamos del gato, pero los humanos cruzamos la calle sin respetar nada tampoco. Yo veo a las madres con los hijos cruzando por cualquier lado, es un peligro. El problema es la falta de control. Tendría que haber un policía en cada esquina y el que cruza mal: una multa. Vas a ver cómo en 15 días todo se soluciona. Los animales son mucho más inteligentes que los humanos- dice A. con absoluta seguridad.
- Si se roban todo estos políticos. Es tan fácil robar. Mirá lo que están haciendo con los precios. No puede ser que un kilo de kiwis cueste 13 pesos. Eso ya te da la pauta de lo que roban los políticos en este país- dice B.
- Y los chicos… todo el día con esas computadoras. No quiero ni pensar dónde vamos a ir a parar. Tienen el cerebro atrofiado- dice A.
- Están en la droga- dice B.- Se han perdido los valores, la familia. Antes no le ibas a cuestionar nada a tus padres. Mirá ahora cómo son las cosas. La ciudad está toda sucia, las veredas rotas- dice A.- Pero con la televisión que tenemos... es pornografía. ¿Cómo no va a haber violadores en la calles si están todo el tiempo mostrándote mujeres desnudas y homosexuales?- dice B.
- La televisión está hecha a propósito para convertir a los chicos en homosexuales, y a las mujeres en prostitutas. A veces veo esos mendigos comiendo de la basura y me da una lástima-dice A.

La charla sucedió en un kiosco con cabinas de teléfono e internet. Fue bastante más extensa, pero no vale la pena seguir extendiendo la descripción. Hablaban animadamente, cerca de la puerta de entrada. Una llegaba, la otra salía. Cuando se despidieron, se miraron como si fueran las dueñas de la verdad. Se dieron la mano vigorosamente. Sonreían.

Inmediatamente pensé que estas personas, empujadas por la felicidad de sus razonamientos, luego reproducirán en sus casas, trabajos y entre sus amigos las mismas ideas. Las llevarán como bandera de lo irrefutable, hasta las últimas consecuencias. Convencidas de que el universo entero se rinde ante sus palabras.