La niñita mira hacia el costado, sonriendo, mientras el padre la reta. Sabe que transgredió algún límite previamente impuesto, pero no le preocupa demasiado. Hay algo de picardía en sus gestos que la libra de cualquier culpa. En la vereda de enfrente camina un mendigo: pantalones marrones, bolsillos hacia fuera, barba gris, pelo pegoteado de polvillo, tez endurecida por las noches a la intemperie, los ojos amarillos. A su lado un muchacho se esfuerza por hacerse entender a través del parlante de un portero eléctrico color bronce, viejísimo como el mármol del hall de entrada. Y en la calle avanzan dos mujeres, calzas, pelo húmedo y atado, a paso firme. Respiran como si el esfuerzo las estuviera superando. También hay un nene que frena la bicicleta en el ventanuco del kiosco y compra chicles con una moneda de 25 centavos, sin bajar los pies de los pedales. Dos señores salen del almacén y le dedican una mirada de aprecio al policía que, parado bajo una marquesina, está mandando un mensaje de texto. Y dos chicas se ríen por la cara que muestra el cartel de campaña de una candidata a intendente. Son chicas a la moda, ropa usada y zapatillas nuevas. Un auto se estaciona y baja un señor de unos 40 años a mirar el horario de la farmacia. Está tan mal vestido y el auto está tan roto que el policía interrumpe lo que está haciendo para vigilar sus movimientos. El señor se lamenta de haber llegado tarde, mira el listado de los locales de turno y regresa al auto con cara de preocupación. La butaca cruje cuando se sienta y sale lentamente.Una familia aguarda en la esquina que el semáforo le de la orden para cruzar la calle. Son cinco: una mujer bastante fea, pocas tetas, un culo para nada agradable; un hombre con aspecto descuidado que fuma como si fuera lo único interesante que hace en su vida; dos chicos que parecen tranquilos y un bebé que viaja en carrito, durmiendo. Hay algo en esta pareja que transmite tranquilidad, parecen humildes pero también satisfechos. Ella sonríe y señala una crema que se exhibe en la vidriera de la perfumería. Él la abraza y le besa el pelo. El beso dura 3 o 4 segundos. Ella cierra los ojos. El bebito sigue durmiendo. Los nenes buscan la mano de su padre para cruzar la calle.
¿Qué habrá de mí en toda esta gente que pasa por la esquina de mi casa? ¿Qué habrá de ellos en mí? Cuando me detengo a observar creo que, de algún modo, algo me pertenece. O al revés: algo mío les pertenece. No sé bien qué es, pero todos tienen un pequeño fragmento. Estoy poniendo en duda lo que soy por un momento, me doy cuenta que hasta olvidé que vivo en esa calle y que estoy parado en la vereda porque quiero salir a caminar un rato. El semáforo cambia de color. Pulso play, guardo el bolígrafo y me pierdo en una perpendicular. Hace calor, es un día estupendo para dejar de pensar un rato.

