domingo, septiembre 09, 2007

La pertenencia

La niñita mira hacia el costado, sonriendo, mientras el padre la reta. Sabe que transgredió algún límite previamente impuesto, pero no le preocupa demasiado. Hay algo de picardía en sus gestos que la libra de cualquier culpa. En la vereda de enfrente camina un mendigo: pantalones marrones, bolsillos hacia fuera, barba gris, pelo pegoteado de polvillo, tez endurecida por las noches a la intemperie, los ojos amarillos. A su lado un muchacho se esfuerza por hacerse entender a través del parlante de un portero eléctrico color bronce, viejísimo como el mármol del hall de entrada. Y en la calle avanzan dos mujeres, calzas, pelo húmedo y atado, a paso firme. Respiran como si el esfuerzo las estuviera superando. También hay un nene que frena la bicicleta en el ventanuco del kiosco y compra chicles con una moneda de 25 centavos, sin bajar los pies de los pedales. Dos señores salen del almacén y le dedican una mirada de aprecio al policía que, parado bajo una marquesina, está mandando un mensaje de texto. Y dos chicas se ríen por la cara que muestra el cartel de campaña de una candidata a intendente. Son chicas a la moda, ropa usada y zapatillas nuevas. Un auto se estaciona y baja un señor de unos 40 años a mirar el horario de la farmacia. Está tan mal vestido y el auto está tan roto que el policía interrumpe lo que está haciendo para vigilar sus movimientos. El señor se lamenta de haber llegado tarde, mira el listado de los locales de turno y regresa al auto con cara de preocupación. La butaca cruje cuando se sienta y sale lentamente.

Una familia aguarda en la esquina que el semáforo le de la orden para cruzar la calle. Son cinco: una mujer bastante fea, pocas tetas, un culo para nada agradable; un hombre con aspecto descuidado que fuma como si fuera lo único interesante que hace en su vida; dos chicos que parecen tranquilos y un bebé que viaja en carrito, durmiendo. Hay algo en esta pareja que transmite tranquilidad, parecen humildes pero también satisfechos. Ella sonríe y señala una crema que se exhibe en la vidriera de la perfumería. Él la abraza y le besa el pelo. El beso dura 3 o 4 segundos. Ella cierra los ojos. El bebito sigue durmiendo. Los nenes buscan la mano de su padre para cruzar la calle.

¿Qué habrá de mí en toda esta gente que pasa por la esquina de mi casa? ¿Qué habrá de ellos en mí? Cuando me detengo a observar creo que, de algún modo, algo me pertenece. O al revés: algo mío les pertenece. No sé bien qué es, pero todos tienen un pequeño fragmento. Estoy poniendo en duda lo que soy por un momento, me doy cuenta que hasta olvidé que vivo en esa calle y que estoy parado en la vereda porque quiero salir a caminar un rato. El semáforo cambia de color. Pulso play, guardo el bolígrafo y me pierdo en una perpendicular. Hace calor, es un día estupendo para dejar de pensar un rato.

domingo, septiembre 02, 2007

El síntoma

Tomé una pastilla: roja, con forma oval. Me duele la cabeza. Pensé casi una hora si debía tomarla o no. Finalmente la tragué. La verdad es que estoy pensando que tengo la presión muy alta, que mi corazón está trabajando forzado, que la sangre se me va a salir de la venas. Me va a explotar el pecho. Me voy a morir. Y la pastilla sólo me va a curar el dolor de cabeza. O peor, me va a disfrazar el síntoma, entonces seguirá avanzando la enfermedad. Y la muerte llegará con peores dolores. De a ratos soy conciente de que todo es una irrefrenable construcción de mi ansiedad, entonces la muerte se aleja. Y en dos segundos regresan las sensaciones fúnebres. Quiero llamar por teléfono a alguien para contarle, pero me obligo a mi mismo a quedarme tranquilo. Me paro frente al espejo, me veo incompleto. Me siento en una silla y me paro enseguida para buscar aire en la ventana. Tengo calor. Mucho. Me tiemblan las piernas y me zumban los oídos, de a ratos pierdo la sensibilidad en el brazo izquierdo, de a ratos en el derecho. Es un infarto. No hay dudas. Llega un mensaje de texto es ella me pregunta cómo estoy y me concentro en escribir con la mayor dedicación posible para darle a entender que quiero besarla abrazarla y tirarme en la cama con ella fumar compartir una copa de vino amaderado escuchar jazz le quiero responder pienso cada una de las palabras tengo que ser claro y preciso necesito generarle interés en pocos caracteres mensaje enviado. Nadie contesta. Me duele la cabeza.

domingo, agosto 26, 2007

Los dientes

La vida sin dientes sería, sencillamente, imposible. Son piezas trascendentales en el ejercicio de la masticación, continuación del hueso hacia la vida exterior. Al menos que uno acepte una existencia desabrida: puré, agua y puré, con los inconvenientes de contención obvios. Es difícil tragar los alimentos inconsistentes sólo con los labios. Además, sería una vida desprotegida, con serios problemas de comunicación oral. Los dientes representan una coraza sólida –probablemente la más sólida del cuerpo- que regula el ingreso y el egreso del aire necesario para una correcta pronunciación. Son como soldados de calcio esmaltado, descansando sobre un terreno cuasi-gelatinoso, que le marcan un límite al monstruo húmedo e inquieto de la lengua. Monstruo siempre sumergido en sus salivas de la eterna juventud. La lengua no envejece, o al menos no se le nota la edad, aunque sí se pudre de inmediato cuando muere. Mientras que los dientes cambian de color desagradablemente y crecen incorruptibles -o se caen impunemente- pero suelen sobrevivir al paso del tiempo.

Los dientes ocupan también un lugar fundamental en la conformación estética de un rostro. Su desprendimiento, generalmente irregular, afea. Un rostro sin dientes es incompleto.

Hay noches en las que sueño que se me caen todos los dientes. Yo los recojo con las dos manos y me los vuelvo a meter en la boca, uno por uno, con la esperanza de reconstruir la desolación que provocan en su ausencia.