Aquel muchachito de ropa gastada anoche susurraba al oído de la luna. Sonriente, dijo:
Son las pequeñas personas las que coinciden en la ideas más bellas. Y allí la tormenta. En tus labios. Son los días que no existo. Sólo recuerdo tu espalda a la distancia y avanzando por las calles soleadas de tu libertad, de mis mentiras. Nunca quise creer en el hombre, aunque lo incompleto siempre es fascinante. Mis manos, imperfectas, hacia las perspectiva de tus poemas. Sería imposible alcanzar tus exigencias; y por eso te amo.
Nadie respondió.

